aquí os dejo este relato que forma parte de este libro de: LA CULTA " III certamen literario LGTBI
—¡Corre, Delia, corre!
Los estruendos chocando contra la montaña y las ametralladoras devastando sin compasión no dejaban a Carmen rendirse ni un segundo. Estaba asustada, terriblemente fatigada y, pese a que quisiera parar a descansar, los aviones de la Legión Cóndor no daban tregua a las ciento cincuenta mil personas que trataban de llegar a salvo a la ciudad de Almería desde Málaga.
Era un paisaje desolador: niños, ancianos, mujeres embarazadas, heridos y enfermos; un reguero de cadáveres que debían sortear para avanzar y ponerse a cubierto de la metralla.
Carmen sabía que estaban condenadas mucho antes de tener que huir de sus casas aquel 8 de febrero de 1937. Lo supo en el mismo instante en que Delia la miró por primera vez en el mercado, aquella mañana de verano. Aquella mujer, que fingía llenar su cesta de hortalizas frescas, la observaba desde hacía días. La gente contaba que había llegado de un pueblo cercano porque había rechazado casarse con un hombre bueno y trabajador. Eso no era propio de una mujer decente.
A la semana de encontrarse en el mercado, Carmen le ofreció algo de beber en su modesta casa. Delia llevó un poco de bizcocho que había hecho con los últimos huevos que le quedaban para la semana. La conversación fue cordial. Delia cortaba un trozo más y, aunque Carmen quisiera rechazarlo, hacía días que no comía nada decente; las cosechas ese año no habían dado para mucho.
Delia era realmente hermosa. Tenía una mirada penetrante, cautivadora. Carmen alabó sus manos en la cocina al darle un gran bocado a ese dulce jugoso. Avergonzada, se levantó, se sacudió el mandil y observó las migas caer al suelo, sabiendo que pronto las hormigas vendrían a por aquel manjar. En lugar de eso, sintió la mano de Delia bajo su vestido.
—Hay otras cosas que se me dan bien hacer con las manos —susurró.
Carmen retrocedió unos segundos, atónita. Delia la devoró con la mirada y volvió a cubrir el espacio entre ellas. La mano de Delia subía por sus muslos. Carmen, aún asustada, abrió un poco las piernas. Solo su marido había explorado aquel lugar, nunca con la mano y mucho menos recorriendo su intimidad como si fuese un baile de salón.
Entre desconfianza y desconocimiento, sintió cómo le desabrochaba el vestido. Delia se despojó del suyo, quedando desnuda frente a ella. Carmen sintió pánico: nunca había visto a una mujer así, ni hombre ni mujer la habían mirado de ese modo.
La besó. Antonio, su marido, nunca había usado la lengua; solo la abría de piernas, la penetraba unos minutos y luego se dormía dándole la espalda. No se querían. Llevaban juntos toda la vida, pero ella nunca le dio hijos. Eso hizo que Antonio dejara de interesarse por ella, cosa que Carmen casi agradecía.
Delia la observó, apretando su mano contra su muslo.
—¿Quieres que me detenga?
Carmen se quedó en silencio. No retrocedió. No apartó sus ojos de aquella mujer que extendía una manta en el suelo, invitándola a tumbarse. Temblaba, pero algo en su interior ardía. Supo entonces que aquella mujer sería lo más importante de su vida. No entendía nada, pero quería aprender.
Tocó su seno, torpemente, y Delia sonrió, mostrándole otras maneras. Aquella miel de una tarde fue la vida.
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Carmen despertó al bullicio en la calle. Alarmada, intentó despertar a Antonio, que, sin abrir los ojos, la empujó. Ella sabía que algo extraño sucedía. Al salir, divisó a Delia corriendo hacia ella con lágrimas en los ojos. La abrazó y la instó a prepararse para marcharse de inmediato. Carmen no lo dudó. Confiaba más en Delia que en sí misma. Entró en la casa por última vez, tomó la manta donde había sentido amor por primera vez y se llevó lo poco que pudo de la alacena. Salió sin mirar atrás.
Llevaban dos días andando. Tras ellas venían “los moros”, pisando sus talones. Cada poco recibían disparos desde la costa: el Almirante Cervera bombardeaba sin piedad a miles de civiles inocentes. Se refugiaron en un cortijo casi derruido. Se abrazaron, tapadas con la manta en la que tantas veces se habían amado. Carmen besó los labios cortados de Delia, quiso ser agua para ella. La besó otra vez, esperando saciarla un poco. Delia sonrió, se apoyó en su pecho y se durmió unos minutos. Pero los aviones volvieron.
Carmen la miró a los ojos. Si no se rendía, era por esos ojos marrones, cansados y tristes. La ayudó a levantarse. Encontró un árbol cercano y corrieron, tapándose con la manta mientras las bombas caían.
El vestido negro nuevo de Delia, estrenado por los carnavales, estaba hecho jirones. A veces encontraban alivio mordiendo cañas de azúcar recién brotadas. Parecía que habían pasado años desde que emprendieron ese camino. Sabían que su futuro sería difícil. El amor quedaba enterrado bajo la guerra.
Carmen vio a una niña llorando junto a un carro abandonado. La alzó en brazos. La pequeña se aferró a su cuello. En el carro halló una mantita y un zapato. No preguntó por la madre: seguramente yacía muerta cerca de allí.
—Tenemos que seguir, mi amor —susurró a Delia.
Delia caminó en silencio. Las tres avanzaron. Se refugiaron en una cuneta.
A 201 kilómetros de Almería, sus pies ensangrentados recordaban cada paso. Vieron a la gente bajar a beber agua. Pensaron en seguirles, pero Carmen las contuvo. Cruzaron el puente. Segundos después, una bomba lo destruyó junto con todos los que habían quedado atrás. Carmen quiso ayudar, pero estaba exhausta. Dio la espalda a la tragedia y siguieron.
Se refugiaron bajo un árbol. Al llegar, vieron colgada a una familia. Rezaron por ellos. La niña gritó al escuchar otra ráfaga. Carmen las abrazó, esperando que las alcanzara la metralla. Pero el avión se alejó.
Estaban cerca. Carmen se desplomó. Delia tomó a la niña en brazos, frágil como estaba.
—Vamos a salir de esto. Juntas —le dijo, clavando su mirada en ella.
La niña pidió que la dejaran en el suelo. También era valiente. Carmen las tomó de la mano y caminaron hasta la noche.
Sintieron el suelo temblar. Era Almería. Los fascistas no se rendirían, pero el peso de los kilómetros les daba cierta esperanza. El éxodo no terminaba allí. Hombres las guiaron hasta los refugios: túneles interminables llenos de inocentes, de miedo, de rabia y de pérdida.
Carmen abrazó a Delia. Habían aprendido a hablar sin palabras. Un abrazo olía a esperanza; un beso en la frente sabía a fortaleza. La niña dormía entre ellas.
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Al día siguiente todo fue rápido. Sacaban de la ciudad a todos hacia distintos campos. Carmen, Delia y la niña llegaron a Barcelona y cruzaron la frontera hasta Francia. Vivas y juntas, ahora las tres.
Jamás volvieron del exilio.
Muchos años después, Dolores —aquella niña— hablaba de sus madres con orgullo y nostalgia. Se convirtió en profesora y formó una familia en el sur de Francia, donde Carmen y Delia hallaron refugio en la casa de unos ancianos que les dieron asilo a cambio de labores domésticas y agrícolas.
Vivieron libres. Aquellos ancianos sabían del amor que se profesaban y estaban seguros de que era la razón por la que habían sobrevivido.
Dolores creció en una casa llena de amor. Carmen siempre decía:
—Ponedle pantalones a la luna, porque esta noche…
Y callaba. Años después, Dolores entendió el origen de aquella frase y de la costumbre de comer patatas con carne cada febrero.
Delia había huido siempre de la represión: primero de los suyos, luego por los suyos. Decía:
—Hay cosas que nadie puede destruir, ni con la más miserable de las guerras. Puedes matar y masacrar a una persona, pero no extinguir el amor que deja en los demás.
Dolores Marín
En memoria de mis madres Delia y Carmen, que lucharon y pelearon por ser libres.
Ellas cruzaron la carretera de la muerte y me dieron una vida.
Avignon, sur de Francia, 1973.
Una superviviente, gracias al amor.


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