Vistas de página en total

miércoles, 10 de septiembre de 2025

La fantasía en un mundo sin miedo

 






¿Cuántas veces te escuché repetir esa frase? “La fantasía en un mundo sin miedo…” Ya no significa nada para mí.

Tú eras la fantasía. La que iluminaba el camino. La que señalaba el norte.

Y ahora solo queda el miedo.

Y no es miedo a perderte.

Es otro. Más denso. Más íntimo.

Es miedo a no encontrar nada cuando te busco.

—¡Despierta ya! ¿No sabes distinguir el día de la noche?

—No me importa si brilla el sol. Mi cama está caliente, y eso me basta.

—Pues abre la ventana, por Dios. Esto parece una jaula de leones…

—Pesada…

—Sí, sí… —sin escucharme, me mostró que, en efecto, era de día. El sol se colaba con descaro, y el calor de mi cama empezaba a esfumarse.

Desde hace semanas, llegar tarde se me ha vuelto costumbre. Antes no. Pero beber hasta vaciarme y volver a casa con los pies tambaleantes no parece tan malo si lo comparo con quedarme en silencio, en casa, pensando. Pensar desgasta.

Prefiero que todo simplemente pase.

Anoche fue otra de esas veces. Jugué con mi cuerpo hasta que pidió clemencia. A veces puedo ignorarlo. A veces gano.

Miré el reloj del salón: casi las cinco. Tal vez una ducha y algo de comida me devolvieran el día, lo poco que quedaba.

Tina me observaba desde el sofá con esa mezcla suya de ternura y fastidio. Me señaló la cocina. Pasta hervida.

No es que me entusiasme, pero en una casa como la nuestra —últimamente con ingresos justos por mi parte, y Tina sobreviviendo como puede con sus becas de estudiante—, eso es casi un lujo.

Y una preocupación menos.

—¿Cómo estás? —bajó el volumen de la tele, mirándome con calma.

—Bien. Anoche me pasé, pero sigo viva.

—Ya… ¿Y vas a buscar entre los escombros, como Mónica Naranjo ?

Tina es más que una amiga. Es mi refugio.

La conozco desde el instituto. Al mudarnos juntas, se convirtió en brújula.

Sin ella, mi vida habría sido una sucesión de muros.

Y aquí sigue. También ahora.

 

Soñar contigo

Anoche soñé contigo.

Parecíamos felices.

Reíamos.

Hablábamos.

El aire sabía a amor.

Recuerdo el brillo de tus ojos,

la dulzura de tu voz,

el sabor de tus besos.

Pero al despertar, solo quedaba el regusto agrio del alcohol.

—Vas a morir de fibrosis —dijo Tina, recogiendo el paquete de tabaco de la mesa—. Te lo he dicho mil veces: no fumes aquí. Me matas con ese humo.

—¿No puedes darme tregua ni una vez?

—Ni una. Apestas. Tu ropa, tu pelo... Dúchate. Vamos de compras. Come algo. No es foie, pero tu estómago lo agradecerá.

—No estaría tan segura —murmuré, mientras ella me acercaba el plato.

—No hay trato. Comes, te duchas y nos vamos. ¿Vale?

Dobla el paquete y desaparece. Tina siempre cumple su palabra.

 

Diciembre

El día pasó volando.

Dormir hasta tarde tiene eso:

cuando te das cuenta, la noche ya acecha.

Navidad.

Regalos.

Familia.

Chimenea.

¿Y tú?

¿Dónde sueñas?

Tina dice que hoy puedo ver una película entera sin distraerme. Lo intenta. Se esfuerza.

Las compras fueron un fracaso. Lo único que me mantuvo en pie fue un café horrible y carísimo.

Los adornos, los anuncios de "tu persona especial", los Santa Claus ridículos… todo falso.

Nada ayudó.

Ni siquiera aquella tienda de complementos donde, un día, reímos como niñas y salimos con nuestros anillos de colores.

 

No te echo de menos (mentira)

No te creas que te echo de menos.

Mentira.

Tiraré ese estúpido anillo.

Nunca me gustó.

Y solo porque te recuerde no significa que te eche de menos.

Es lógico acordarme.

Pasé demasiado tiempo contigo.

Estúpida.

Río.

La película es graciosa.

¿Cuánto hacía que no reía?

¿Cuánto hace que tú no estás?

 

Flores

Las semanas se estiran como años.

El campo empieza a florecer. El aire huele a algo parecido a la calma.

Hoy casi no pensé en ti.

He perdido peso, pero no es por tristeza.

Hago ejercicio.

Tengo vicios mejores que comer.

La moto no arranca.

Tina se queda sin paseo.

Caminamos.

Tal vez haya una flor bonita que me detenga un rato.

Qué absurdo, ¿no?

Mirar algo que va a marchitarse.

Siempre estropeo todo.

 

Estrellas

La noche cae.

No asusta.

El cielo está cubierto de puntos.

Brillan.

No me asustan los grillos.

Ni las luciérnagas.

Estoy sentada. No me muevo.

—Pide un deseo —dice Tina, señalando una estrella que se escapa.

—No me ha dado tiempo…

—Vendrán más —responde, ilusionada.

Vendrán más…

Amores.

Dolor.

Deseos.

¿Vendrás tú?

Ojalá.

 

Solo un día más

Al final sí pedí un deseo.

Te mentí.

Te echo de menos.

A veces creo que estás sentada a mi lado.

Que voy a sentir tu beso.

Que si cierro muy fuerte los ojos y los abro, aparecerás.

Hace tanto que olvidé tu olor…

Deseo recordarlo.

No.

Deseo que tú me lo recuerdes.

Solo un día más.

Con los ojos abiertos.

Mirándome.

 

Playa

Hace calor.

Estamos en la playa.

Las familias ríen.

Los niños se bañan.

Yo descanso sin mojarme.

No es lo mismo.

Tú lo sabías.

Todos creen que Tina y yo estamos juntas.

Pero no.

Ella tiene novio.

Vuelve pronto de Italia.

Pasaré mucho tiempo sola.

Pensando.

Entendiendo que el olvido no llega con el tiempo.

Mentira tras mentira.

 

Tu perfume

Hoy recordé tu olor.

Cerezas frescas.

Inundaba la habitación.

Permanecía.

Esperaba.

Me gustaba respirarlo profundo.

Pero más aún…

Tomarlo directamente de tu cuello.

Tina no me suelta.

Piensa que la necesito.

Tiene razón.

Sin ella… tal vez estaría contigo.

No me arrepiento de escucharla.

Es buena.

Y yo no tengo nada que ofrecerle.

No es justo.

 

Despertar

He leído un libro: La inutilidad del sufrimiento.

Algo me ha ayudado.

Intento levantarme más temprano.

Estudiar.

Recuperar algo.

No lo lograré. Pero lo intento.

He decidido dejar de culparme.

Tal vez incluso… te perdone.

No estoy segura.

Dicen que usamos solo el 10% del cerebro.

Desde que no estás, uso más.

Estoy segura.

¿Dónde meto tanta fantasía de ti?

Quizá ya esté loca.

Quizá lo estuve siempre.

 

Adiós

Hoy toca cine.

Comedia romántica. Final feliz.

Tina quiere verla.

Su novio regresa mañana.

Se casan.

Yo seré su madrina.

Vestido alegre para un día alegre.

Me alegro por ella.

Sé que tú también.

Ya no puedo seguir escribiéndote.

Empiezo a confundir fantasía y realidad.

No quiero mentirte.

Ya me conoces.

Si aquel día la lluvia hubiera tenido piedad…

Si las ruedas de tu coche hubieran estado nuevas…

Si no te hubiera dejado irte por aquella absurda pelea…

Verías mi vestido.

Mi cara a juego con él.

Espero que, donde estés, lo veas.

De verdad lo espero.

 

27 de septiembre

Un año sin ti.

Te he comprado flores rojas.

Tina, blancas.

Te gustarán.

Huelen bien.

Encontré tu perfume.

Lo usaré para ir a verte.

Espero que también te guste si echo un poco.

Lo siento, amor.

Ojalá tú aquí.

O yo allí.

Luchar nunca se me dio bien.

Solo quiero que lo sepas:

Te quiero.

Y será así siempre.

He ido a verte todos los días este mes.

Me dijeron que no lo hiciera.

Que no era sano.

Que no vas a despertar.

Pero tú no estás muerta.

Tu piel no está fría.

Hoy han decidido desconectarte.

No me parece justo.

Sé que es egoísta, pero…

Me había acostumbrado a verte así.

A fingir que estabas.

Y ahora llega el adiós.

Te quiero. Para siempre.

—¿Cómo estás? —una mano me rozó el hombro.

—Bien. Le he leído la carta.

—Seguro que le ha gustado. Es preciosa.

—Sí… seguro que sí.

 

Te he despedido tantas veces…

Ver tus cenizas caer al agua es solo un paso más

para seguir queriéndote igual.

 

**Tal vez la fantasía no sea un mundo sin miedo,

sino uno donde tú sigues existiendo.**

Ponedle los pantalones a la luna

 



aquí os dejo este relato que forma parte de este libro de: LA CULTA " III certamen literario LGTBI







—¡Corre, Delia, corre!

Los estruendos chocando contra la montaña y las ametralladoras devastando sin compasión no dejaban a Carmen rendirse ni un segundo. Estaba asustada, terriblemente fatigada y, pese a que quisiera parar a descansar, los aviones de la Legión Cóndor no daban tregua a las ciento cincuenta mil personas que trataban de llegar a salvo a la ciudad de Almería desde Málaga.

Era un paisaje desolador: niños, ancianos, mujeres embarazadas, heridos y enfermos; un reguero de cadáveres que debían sortear para avanzar y ponerse a cubierto de la metralla.

Carmen sabía que estaban condenadas mucho antes de tener que huir de sus casas aquel 8 de febrero de 1937. Lo supo en el mismo instante en que Delia la miró por primera vez en el mercado, aquella mañana de verano. Aquella mujer, que fingía llenar su cesta de hortalizas frescas, la observaba desde hacía días. La gente contaba que había llegado de un pueblo cercano porque había rechazado casarse con un hombre bueno y trabajador. Eso no era propio de una mujer decente.

A la semana de encontrarse en el mercado, Carmen le ofreció algo de beber en su modesta casa. Delia llevó un poco de bizcocho que había hecho con los últimos huevos que le quedaban para la semana. La conversación fue cordial. Delia cortaba un trozo más y, aunque Carmen quisiera rechazarlo, hacía días que no comía nada decente; las cosechas ese año no habían dado para mucho.

Delia era realmente hermosa. Tenía una mirada penetrante, cautivadora. Carmen alabó sus manos en la cocina al darle un gran bocado a ese dulce jugoso. Avergonzada, se levantó, se sacudió el mandil y observó las migas caer al suelo, sabiendo que pronto las hormigas vendrían a por aquel manjar. En lugar de eso, sintió la mano de Delia bajo su vestido.

—Hay otras cosas que se me dan bien hacer con las manos —susurró.

Carmen retrocedió unos segundos, atónita. Delia la devoró con la mirada y volvió a cubrir el espacio entre ellas. La mano de Delia subía por sus muslos. Carmen, aún asustada, abrió un poco las piernas. Solo su marido había explorado aquel lugar, nunca con la mano y mucho menos recorriendo su intimidad como si fuese un baile de salón.

Entre desconfianza y desconocimiento, sintió cómo le desabrochaba el vestido. Delia se despojó del suyo, quedando desnuda frente a ella. Carmen sintió pánico: nunca había visto a una mujer así, ni hombre ni mujer la habían mirado de ese modo.

La besó. Antonio, su marido, nunca había usado la lengua; solo la abría de piernas, la penetraba unos minutos y luego se dormía dándole la espalda. No se querían. Llevaban juntos toda la vida, pero ella nunca le dio hijos. Eso hizo que Antonio dejara de interesarse por ella, cosa que Carmen casi agradecía.

Delia la observó, apretando su mano contra su muslo.

—¿Quieres que me detenga?

Carmen se quedó en silencio. No retrocedió. No apartó sus ojos de aquella mujer que extendía una manta en el suelo, invitándola a tumbarse. Temblaba, pero algo en su interior ardía. Supo entonces que aquella mujer sería lo más importante de su vida. No entendía nada, pero quería aprender.

Tocó su seno, torpemente, y Delia sonrió, mostrándole otras maneras. Aquella miel de una tarde fue la vida.


---

Carmen despertó al bullicio en la calle. Alarmada, intentó despertar a Antonio, que, sin abrir los ojos, la empujó. Ella sabía que algo extraño sucedía. Al salir, divisó a Delia corriendo hacia ella con lágrimas en los ojos. La abrazó y la instó a prepararse para marcharse de inmediato. Carmen no lo dudó. Confiaba más en Delia que en sí misma. Entró en la casa por última vez, tomó la manta donde había sentido amor por primera vez y se llevó lo poco que pudo de la alacena. Salió sin mirar atrás.

Llevaban dos días andando. Tras ellas venían “los moros”, pisando sus talones. Cada poco recibían disparos desde la costa: el Almirante Cervera bombardeaba sin piedad a miles de civiles inocentes. Se refugiaron en un cortijo casi derruido. Se abrazaron, tapadas con la manta en la que tantas veces se habían amado. Carmen besó los labios cortados de Delia, quiso ser agua para ella. La besó otra vez, esperando saciarla un poco. Delia sonrió, se apoyó en su pecho y se durmió unos minutos. Pero los aviones volvieron.

Carmen la miró a los ojos. Si no se rendía, era por esos ojos marrones, cansados y tristes. La ayudó a levantarse. Encontró un árbol cercano y corrieron, tapándose con la manta mientras las bombas caían.

El vestido negro nuevo de Delia, estrenado por los carnavales, estaba hecho jirones. A veces encontraban alivio mordiendo cañas de azúcar recién brotadas. Parecía que habían pasado años desde que emprendieron ese camino. Sabían que su futuro sería difícil. El amor quedaba enterrado bajo la guerra.

Carmen vio a una niña llorando junto a un carro abandonado. La alzó en brazos. La pequeña se aferró a su cuello. En el carro halló una mantita y un zapato. No preguntó por la madre: seguramente yacía muerta cerca de allí.

—Tenemos que seguir, mi amor —susurró a Delia.

Delia caminó en silencio. Las tres avanzaron. Se refugiaron en una cuneta.

A 201 kilómetros de Almería, sus pies ensangrentados recordaban cada paso. Vieron a la gente bajar a beber agua. Pensaron en seguirles, pero Carmen las contuvo. Cruzaron el puente. Segundos después, una bomba lo destruyó junto con todos los que habían quedado atrás. Carmen quiso ayudar, pero estaba exhausta. Dio la espalda a la tragedia y siguieron.

Se refugiaron bajo un árbol. Al llegar, vieron colgada a una familia. Rezaron por ellos. La niña gritó al escuchar otra ráfaga. Carmen las abrazó, esperando que las alcanzara la metralla. Pero el avión se alejó.

Estaban cerca. Carmen se desplomó. Delia tomó a la niña en brazos, frágil como estaba.

—Vamos a salir de esto. Juntas —le dijo, clavando su mirada en ella.

La niña pidió que la dejaran en el suelo. También era valiente. Carmen las tomó de la mano y caminaron hasta la noche.

Sintieron el suelo temblar. Era Almería. Los fascistas no se rendirían, pero el peso de los kilómetros les daba cierta esperanza. El éxodo no terminaba allí. Hombres las guiaron hasta los refugios: túneles interminables llenos de inocentes, de miedo, de rabia y de pérdida.

Carmen abrazó a Delia. Habían aprendido a hablar sin palabras. Un abrazo olía a esperanza; un beso en la frente sabía a fortaleza. La niña dormía entre ellas.


---

Al día siguiente todo fue rápido. Sacaban de la ciudad a todos hacia distintos campos. Carmen, Delia y la niña llegaron a Barcelona y cruzaron la frontera hasta Francia. Vivas y juntas, ahora las tres.

Jamás volvieron del exilio.

Muchos años después, Dolores —aquella niña— hablaba de sus madres con orgullo y nostalgia. Se convirtió en profesora y formó una familia en el sur de Francia, donde Carmen y Delia hallaron refugio en la casa de unos ancianos que les dieron asilo a cambio de labores domésticas y agrícolas.

Vivieron libres. Aquellos ancianos sabían del amor que se profesaban y estaban seguros de que era la razón por la que habían sobrevivido.









Dolores creció en una casa llena de amor. Carmen siempre decía:

—Ponedle pantalones a la luna, porque esta noche…

Y callaba. Años después, Dolores entendió el origen de aquella frase y de la costumbre de comer patatas con carne cada febrero.

Delia había huido siempre de la represión: primero de los suyos, luego por los suyos. Decía:

—Hay cosas que nadie puede destruir, ni con la más miserable de las guerras. Puedes matar y masacrar a una persona, pero no extinguir el amor que deja en los demás.

Dolores Marín
En memoria de mis madres Delia y Carmen, que lucharon y pelearon por ser libres.
Ellas cruzaron la carretera de la muerte y me dieron una vida.

Avignon, sur de Francia, 1973.
Una superviviente, gracias al amor.