Todo tiene principio y fin.
Sabes el día en que naces porque te lo recuerdan durante toda tu vida, año tras año.
Sabes que cumples un año más de tu camino en la tierra, y también sabes que llegará un día en el que se deje de celebrar tu vida para recordar tu muerte.
Sabes el día en que naciste, pero vives pensando cuál será el día de tu muerte… y esta llega cuando menos lo esperas: como una lluvia torrencial en pleno agosto, o como un rayo de sol cuando el cielo está negro.
Recuerdo nacimientos de bebés, la alegría de sus madres al sostenerlos en brazos, olvidando por completo el dolor de segundos antes y sustituyéndolo por una oleada de lágrimas que gritan: ha merecido la pena. Pero ese es solo el principio del daño. Nada acaba ahí. Ningún dolor termina en una sola cosa.
El día de mi muerte, yo sabía perfectamente cuál iba a ser. Todo cambia cuando estás tan seguro de que ese día está próximo. Todo cobra otro sentido, no más humano, ni más gentil, nada de eso. Es un pensamiento egoísta: piensas igual que antes, lo más importante eres tú mismo, como antes. Y la vida más importante eres tú, como antes.
Te preguntas: ¿por qué yo y no otro? Si nunca hice el mal, nunca robé ni herí al prójimo, siempre fui honesto y buena persona… y aun así, soy yo quien sabe cuándo va a morir.
Lo primero que hice, dos días después de enterarme, fue salir a la calle y observar a la gente en un parque. Niños que jugaban despreocupados con una pelota. Yo ya no podría jugar nunca más… jamás volvería a ser un niño. Unos adolescentes que se devoraban a besos. Yo también fui así: a escondidas de mis padres saltaba por la ventana para encontrarme con aquellas jovencitas que calmaban mi ansia de descubrir sensaciones nuevas. Entonces vi a esos ancianos que apenas podían mover las piernas… y no les tenía envidia.
Mi pensamiento era tan egoísta que podía dejar mi futuro en manos de la muerte, pero no mi pasado. Ese era mío: ya lo había vivido y no quería perderlo tan pronto.
Tal vez tenía que viajar y gastar mi dinero en cosas que pudiese disfrutar. Dejar la hipoteca de lado. ¿Qué más daba? Esa casa la disfrutarían otros. Qué necesidad tenía yo de seguir preocupado por esos gastos. Existían miles de lugares que me decía: “el año que viene ahorraré y me daré el capricho”. Pero ese año nunca llegaba.
Las ataduras de la vida cotidiana —trabajo, hogar, responsabilidades—, esas cadenas que nos atan en vida… Tal vez, al saber que no quedaba mucho tiempo, era el momento de romperlas y seguir una vida libre, por fin. Y ahí fue cuando, entre todo lo malo que venía, pude ver algo positivo: podía hacer lo que quisiera sin preocuparme de a quién molestara ni dar una sola explicación de mis actos.
—Señor, ¿está usted bien? —oí una voz gritándome. Sentí una mano golpear mi cara. Sabía que intentaba despertarme, y yo intentaba corresponder a sus súplicas. Abrí los ojos; supongo que ella se sintió aliviada de no verme morir ante sus ojos. Menudo trauma… Ese sería su pensamiento egoísta: si este tipo se muere, que no lo haga delante de mí.
—¿A dónde va, señor? Hemos llamado a la ambulancia, le trasladarán al hospital.
—No necesito una ambulancia. Necesito irme a casa, gracias.
Estaba rodeado de gente morbosa, que solo miraba para ver si había pasado algo grave. De todos, quizá solo una persona sentía verdadera preocupación.
Esa fue la primera vez que perdí el conocimiento, de muchas que vinieron después.
—Sabe que, si se sometiera a una quimioterapia, podría vivir unos meses más —dijo el doctor, mirando mis archivos.
—Oiga, tengo cuarenta años y una melena de envidiar. ¿Sabe usted que, cuando pasen los años, lo único que se verá en la tumba será el pelo? No, gracias. Adoro mi pelo y no quiero perderlo.
—Pero, señor, piénselo —insistió el doctor.
—No hay nada que pensar. Me conformo con cuatro meses buenos. No necesito meses de dolor extra.
Un viaje.
Al final me decidí por un viaje. Sin despedidas, sin hasta prontos. Nada. Un día me levanté y jamás volví. Fueron los días más felices de mi vida: estar con gente que no tenía nada y lo daba todo; ver la verdadera forma de vida, la humilde, la que ofrece lo que para uno lo es todo, aunque para nosotros resulte casi repulsivo.
Hoy me dirijo hacia la India. Allí pasaré la noche, observando sus costumbres, llevando solo una mochila a mis espaldas. Por fin vivo la vida, dándole besos a la muerte.
Mañana os contaré cómo me ha ido el día…



