Vistas de página en total

miércoles, 10 de septiembre de 2025

La fantasía en un mundo sin miedo

 






¿Cuántas veces te escuché repetir esa frase? “La fantasía en un mundo sin miedo…” Ya no significa nada para mí.

Tú eras la fantasía. La que iluminaba el camino. La que señalaba el norte.

Y ahora solo queda el miedo.

Y no es miedo a perderte.

Es otro. Más denso. Más íntimo.

Es miedo a no encontrar nada cuando te busco.

—¡Despierta ya! ¿No sabes distinguir el día de la noche?

—No me importa si brilla el sol. Mi cama está caliente, y eso me basta.

—Pues abre la ventana, por Dios. Esto parece una jaula de leones…

—Pesada…

—Sí, sí… —sin escucharme, me mostró que, en efecto, era de día. El sol se colaba con descaro, y el calor de mi cama empezaba a esfumarse.

Desde hace semanas, llegar tarde se me ha vuelto costumbre. Antes no. Pero beber hasta vaciarme y volver a casa con los pies tambaleantes no parece tan malo si lo comparo con quedarme en silencio, en casa, pensando. Pensar desgasta.

Prefiero que todo simplemente pase.

Anoche fue otra de esas veces. Jugué con mi cuerpo hasta que pidió clemencia. A veces puedo ignorarlo. A veces gano.

Miré el reloj del salón: casi las cinco. Tal vez una ducha y algo de comida me devolvieran el día, lo poco que quedaba.

Tina me observaba desde el sofá con esa mezcla suya de ternura y fastidio. Me señaló la cocina. Pasta hervida.

No es que me entusiasme, pero en una casa como la nuestra —últimamente con ingresos justos por mi parte, y Tina sobreviviendo como puede con sus becas de estudiante—, eso es casi un lujo.

Y una preocupación menos.

—¿Cómo estás? —bajó el volumen de la tele, mirándome con calma.

—Bien. Anoche me pasé, pero sigo viva.

—Ya… ¿Y vas a buscar entre los escombros, como Mónica Naranjo ?

Tina es más que una amiga. Es mi refugio.

La conozco desde el instituto. Al mudarnos juntas, se convirtió en brújula.

Sin ella, mi vida habría sido una sucesión de muros.

Y aquí sigue. También ahora.

 

Soñar contigo

Anoche soñé contigo.

Parecíamos felices.

Reíamos.

Hablábamos.

El aire sabía a amor.

Recuerdo el brillo de tus ojos,

la dulzura de tu voz,

el sabor de tus besos.

Pero al despertar, solo quedaba el regusto agrio del alcohol.

—Vas a morir de fibrosis —dijo Tina, recogiendo el paquete de tabaco de la mesa—. Te lo he dicho mil veces: no fumes aquí. Me matas con ese humo.

—¿No puedes darme tregua ni una vez?

—Ni una. Apestas. Tu ropa, tu pelo... Dúchate. Vamos de compras. Come algo. No es foie, pero tu estómago lo agradecerá.

—No estaría tan segura —murmuré, mientras ella me acercaba el plato.

—No hay trato. Comes, te duchas y nos vamos. ¿Vale?

Dobla el paquete y desaparece. Tina siempre cumple su palabra.

 

Diciembre

El día pasó volando.

Dormir hasta tarde tiene eso:

cuando te das cuenta, la noche ya acecha.

Navidad.

Regalos.

Familia.

Chimenea.

¿Y tú?

¿Dónde sueñas?

Tina dice que hoy puedo ver una película entera sin distraerme. Lo intenta. Se esfuerza.

Las compras fueron un fracaso. Lo único que me mantuvo en pie fue un café horrible y carísimo.

Los adornos, los anuncios de "tu persona especial", los Santa Claus ridículos… todo falso.

Nada ayudó.

Ni siquiera aquella tienda de complementos donde, un día, reímos como niñas y salimos con nuestros anillos de colores.

 

No te echo de menos (mentira)

No te creas que te echo de menos.

Mentira.

Tiraré ese estúpido anillo.

Nunca me gustó.

Y solo porque te recuerde no significa que te eche de menos.

Es lógico acordarme.

Pasé demasiado tiempo contigo.

Estúpida.

Río.

La película es graciosa.

¿Cuánto hacía que no reía?

¿Cuánto hace que tú no estás?

 

Flores

Las semanas se estiran como años.

El campo empieza a florecer. El aire huele a algo parecido a la calma.

Hoy casi no pensé en ti.

He perdido peso, pero no es por tristeza.

Hago ejercicio.

Tengo vicios mejores que comer.

La moto no arranca.

Tina se queda sin paseo.

Caminamos.

Tal vez haya una flor bonita que me detenga un rato.

Qué absurdo, ¿no?

Mirar algo que va a marchitarse.

Siempre estropeo todo.

 

Estrellas

La noche cae.

No asusta.

El cielo está cubierto de puntos.

Brillan.

No me asustan los grillos.

Ni las luciérnagas.

Estoy sentada. No me muevo.

—Pide un deseo —dice Tina, señalando una estrella que se escapa.

—No me ha dado tiempo…

—Vendrán más —responde, ilusionada.

Vendrán más…

Amores.

Dolor.

Deseos.

¿Vendrás tú?

Ojalá.

 

Solo un día más

Al final sí pedí un deseo.

Te mentí.

Te echo de menos.

A veces creo que estás sentada a mi lado.

Que voy a sentir tu beso.

Que si cierro muy fuerte los ojos y los abro, aparecerás.

Hace tanto que olvidé tu olor…

Deseo recordarlo.

No.

Deseo que tú me lo recuerdes.

Solo un día más.

Con los ojos abiertos.

Mirándome.

 

Playa

Hace calor.

Estamos en la playa.

Las familias ríen.

Los niños se bañan.

Yo descanso sin mojarme.

No es lo mismo.

Tú lo sabías.

Todos creen que Tina y yo estamos juntas.

Pero no.

Ella tiene novio.

Vuelve pronto de Italia.

Pasaré mucho tiempo sola.

Pensando.

Entendiendo que el olvido no llega con el tiempo.

Mentira tras mentira.

 

Tu perfume

Hoy recordé tu olor.

Cerezas frescas.

Inundaba la habitación.

Permanecía.

Esperaba.

Me gustaba respirarlo profundo.

Pero más aún…

Tomarlo directamente de tu cuello.

Tina no me suelta.

Piensa que la necesito.

Tiene razón.

Sin ella… tal vez estaría contigo.

No me arrepiento de escucharla.

Es buena.

Y yo no tengo nada que ofrecerle.

No es justo.

 

Despertar

He leído un libro: La inutilidad del sufrimiento.

Algo me ha ayudado.

Intento levantarme más temprano.

Estudiar.

Recuperar algo.

No lo lograré. Pero lo intento.

He decidido dejar de culparme.

Tal vez incluso… te perdone.

No estoy segura.

Dicen que usamos solo el 10% del cerebro.

Desde que no estás, uso más.

Estoy segura.

¿Dónde meto tanta fantasía de ti?

Quizá ya esté loca.

Quizá lo estuve siempre.

 

Adiós

Hoy toca cine.

Comedia romántica. Final feliz.

Tina quiere verla.

Su novio regresa mañana.

Se casan.

Yo seré su madrina.

Vestido alegre para un día alegre.

Me alegro por ella.

Sé que tú también.

Ya no puedo seguir escribiéndote.

Empiezo a confundir fantasía y realidad.

No quiero mentirte.

Ya me conoces.

Si aquel día la lluvia hubiera tenido piedad…

Si las ruedas de tu coche hubieran estado nuevas…

Si no te hubiera dejado irte por aquella absurda pelea…

Verías mi vestido.

Mi cara a juego con él.

Espero que, donde estés, lo veas.

De verdad lo espero.

 

27 de septiembre

Un año sin ti.

Te he comprado flores rojas.

Tina, blancas.

Te gustarán.

Huelen bien.

Encontré tu perfume.

Lo usaré para ir a verte.

Espero que también te guste si echo un poco.

Lo siento, amor.

Ojalá tú aquí.

O yo allí.

Luchar nunca se me dio bien.

Solo quiero que lo sepas:

Te quiero.

Y será así siempre.

He ido a verte todos los días este mes.

Me dijeron que no lo hiciera.

Que no era sano.

Que no vas a despertar.

Pero tú no estás muerta.

Tu piel no está fría.

Hoy han decidido desconectarte.

No me parece justo.

Sé que es egoísta, pero…

Me había acostumbrado a verte así.

A fingir que estabas.

Y ahora llega el adiós.

Te quiero. Para siempre.

—¿Cómo estás? —una mano me rozó el hombro.

—Bien. Le he leído la carta.

—Seguro que le ha gustado. Es preciosa.

—Sí… seguro que sí.

 

Te he despedido tantas veces…

Ver tus cenizas caer al agua es solo un paso más

para seguir queriéndote igual.

 

**Tal vez la fantasía no sea un mundo sin miedo,

sino uno donde tú sigues existiendo.**

Ponedle los pantalones a la luna

 



aquí os dejo este relato que forma parte de este libro de: LA CULTA " III certamen literario LGTBI







—¡Corre, Delia, corre!

Los estruendos chocando contra la montaña y las ametralladoras devastando sin compasión no dejaban a Carmen rendirse ni un segundo. Estaba asustada, terriblemente fatigada y, pese a que quisiera parar a descansar, los aviones de la Legión Cóndor no daban tregua a las ciento cincuenta mil personas que trataban de llegar a salvo a la ciudad de Almería desde Málaga.

Era un paisaje desolador: niños, ancianos, mujeres embarazadas, heridos y enfermos; un reguero de cadáveres que debían sortear para avanzar y ponerse a cubierto de la metralla.

Carmen sabía que estaban condenadas mucho antes de tener que huir de sus casas aquel 8 de febrero de 1937. Lo supo en el mismo instante en que Delia la miró por primera vez en el mercado, aquella mañana de verano. Aquella mujer, que fingía llenar su cesta de hortalizas frescas, la observaba desde hacía días. La gente contaba que había llegado de un pueblo cercano porque había rechazado casarse con un hombre bueno y trabajador. Eso no era propio de una mujer decente.

A la semana de encontrarse en el mercado, Carmen le ofreció algo de beber en su modesta casa. Delia llevó un poco de bizcocho que había hecho con los últimos huevos que le quedaban para la semana. La conversación fue cordial. Delia cortaba un trozo más y, aunque Carmen quisiera rechazarlo, hacía días que no comía nada decente; las cosechas ese año no habían dado para mucho.

Delia era realmente hermosa. Tenía una mirada penetrante, cautivadora. Carmen alabó sus manos en la cocina al darle un gran bocado a ese dulce jugoso. Avergonzada, se levantó, se sacudió el mandil y observó las migas caer al suelo, sabiendo que pronto las hormigas vendrían a por aquel manjar. En lugar de eso, sintió la mano de Delia bajo su vestido.

—Hay otras cosas que se me dan bien hacer con las manos —susurró.

Carmen retrocedió unos segundos, atónita. Delia la devoró con la mirada y volvió a cubrir el espacio entre ellas. La mano de Delia subía por sus muslos. Carmen, aún asustada, abrió un poco las piernas. Solo su marido había explorado aquel lugar, nunca con la mano y mucho menos recorriendo su intimidad como si fuese un baile de salón.

Entre desconfianza y desconocimiento, sintió cómo le desabrochaba el vestido. Delia se despojó del suyo, quedando desnuda frente a ella. Carmen sintió pánico: nunca había visto a una mujer así, ni hombre ni mujer la habían mirado de ese modo.

La besó. Antonio, su marido, nunca había usado la lengua; solo la abría de piernas, la penetraba unos minutos y luego se dormía dándole la espalda. No se querían. Llevaban juntos toda la vida, pero ella nunca le dio hijos. Eso hizo que Antonio dejara de interesarse por ella, cosa que Carmen casi agradecía.

Delia la observó, apretando su mano contra su muslo.

—¿Quieres que me detenga?

Carmen se quedó en silencio. No retrocedió. No apartó sus ojos de aquella mujer que extendía una manta en el suelo, invitándola a tumbarse. Temblaba, pero algo en su interior ardía. Supo entonces que aquella mujer sería lo más importante de su vida. No entendía nada, pero quería aprender.

Tocó su seno, torpemente, y Delia sonrió, mostrándole otras maneras. Aquella miel de una tarde fue la vida.


---

Carmen despertó al bullicio en la calle. Alarmada, intentó despertar a Antonio, que, sin abrir los ojos, la empujó. Ella sabía que algo extraño sucedía. Al salir, divisó a Delia corriendo hacia ella con lágrimas en los ojos. La abrazó y la instó a prepararse para marcharse de inmediato. Carmen no lo dudó. Confiaba más en Delia que en sí misma. Entró en la casa por última vez, tomó la manta donde había sentido amor por primera vez y se llevó lo poco que pudo de la alacena. Salió sin mirar atrás.

Llevaban dos días andando. Tras ellas venían “los moros”, pisando sus talones. Cada poco recibían disparos desde la costa: el Almirante Cervera bombardeaba sin piedad a miles de civiles inocentes. Se refugiaron en un cortijo casi derruido. Se abrazaron, tapadas con la manta en la que tantas veces se habían amado. Carmen besó los labios cortados de Delia, quiso ser agua para ella. La besó otra vez, esperando saciarla un poco. Delia sonrió, se apoyó en su pecho y se durmió unos minutos. Pero los aviones volvieron.

Carmen la miró a los ojos. Si no se rendía, era por esos ojos marrones, cansados y tristes. La ayudó a levantarse. Encontró un árbol cercano y corrieron, tapándose con la manta mientras las bombas caían.

El vestido negro nuevo de Delia, estrenado por los carnavales, estaba hecho jirones. A veces encontraban alivio mordiendo cañas de azúcar recién brotadas. Parecía que habían pasado años desde que emprendieron ese camino. Sabían que su futuro sería difícil. El amor quedaba enterrado bajo la guerra.

Carmen vio a una niña llorando junto a un carro abandonado. La alzó en brazos. La pequeña se aferró a su cuello. En el carro halló una mantita y un zapato. No preguntó por la madre: seguramente yacía muerta cerca de allí.

—Tenemos que seguir, mi amor —susurró a Delia.

Delia caminó en silencio. Las tres avanzaron. Se refugiaron en una cuneta.

A 201 kilómetros de Almería, sus pies ensangrentados recordaban cada paso. Vieron a la gente bajar a beber agua. Pensaron en seguirles, pero Carmen las contuvo. Cruzaron el puente. Segundos después, una bomba lo destruyó junto con todos los que habían quedado atrás. Carmen quiso ayudar, pero estaba exhausta. Dio la espalda a la tragedia y siguieron.

Se refugiaron bajo un árbol. Al llegar, vieron colgada a una familia. Rezaron por ellos. La niña gritó al escuchar otra ráfaga. Carmen las abrazó, esperando que las alcanzara la metralla. Pero el avión se alejó.

Estaban cerca. Carmen se desplomó. Delia tomó a la niña en brazos, frágil como estaba.

—Vamos a salir de esto. Juntas —le dijo, clavando su mirada en ella.

La niña pidió que la dejaran en el suelo. También era valiente. Carmen las tomó de la mano y caminaron hasta la noche.

Sintieron el suelo temblar. Era Almería. Los fascistas no se rendirían, pero el peso de los kilómetros les daba cierta esperanza. El éxodo no terminaba allí. Hombres las guiaron hasta los refugios: túneles interminables llenos de inocentes, de miedo, de rabia y de pérdida.

Carmen abrazó a Delia. Habían aprendido a hablar sin palabras. Un abrazo olía a esperanza; un beso en la frente sabía a fortaleza. La niña dormía entre ellas.


---

Al día siguiente todo fue rápido. Sacaban de la ciudad a todos hacia distintos campos. Carmen, Delia y la niña llegaron a Barcelona y cruzaron la frontera hasta Francia. Vivas y juntas, ahora las tres.

Jamás volvieron del exilio.

Muchos años después, Dolores —aquella niña— hablaba de sus madres con orgullo y nostalgia. Se convirtió en profesora y formó una familia en el sur de Francia, donde Carmen y Delia hallaron refugio en la casa de unos ancianos que les dieron asilo a cambio de labores domésticas y agrícolas.

Vivieron libres. Aquellos ancianos sabían del amor que se profesaban y estaban seguros de que era la razón por la que habían sobrevivido.









Dolores creció en una casa llena de amor. Carmen siempre decía:

—Ponedle pantalones a la luna, porque esta noche…

Y callaba. Años después, Dolores entendió el origen de aquella frase y de la costumbre de comer patatas con carne cada febrero.

Delia había huido siempre de la represión: primero de los suyos, luego por los suyos. Decía:

—Hay cosas que nadie puede destruir, ni con la más miserable de las guerras. Puedes matar y masacrar a una persona, pero no extinguir el amor que deja en los demás.

Dolores Marín
En memoria de mis madres Delia y Carmen, que lucharon y pelearon por ser libres.
Ellas cruzaron la carretera de la muerte y me dieron una vida.

Avignon, sur de Francia, 1973.
Una superviviente, gracias al amor.

miércoles, 6 de agosto de 2014

Lloverá certeza







Venimos del lugar
donde lo que sucede conviene.
El lugar de tomarse la botella
y, en el último trago, marcharse.

Venimos…
de las noches de infarto,
de las madrugadas escondidas,
de los comienzos llenos de amor.

Mereció la pena
perder la cabeza,
sufrir un poquito.
Quedarse a tu lado
y que nos lloviera
certeza durante
el camino.

Buscábamos en las montañas
ser montesas,
estar como una cabra.
¿En qué momento dejé de tener claro
si, cuando una copa se rompe,
piensas en mí?

Y, aun así…

Mereció la pena
perder la cabeza,
sufrir un poquito.
Quedarse a tu lado
y que nos lloviera
certeza durante
el camino.

Buscábamos en las montañas
ser montesas,
estar como una cabra.
¿En qué momento dejé de tener claro
si, cuando una copa se rompe,
piensas en mí?

Y no… a veces los finales no son buenos.
Y aunque las heridas aún escuezan,
siempre nos quedará perder el norte
porque el norte nos dé igual.

Mereció la pena
perder la cabeza,
sufrir un poquito.
Quedarse a tu lado
y que nos lloviera
certeza durante
el camino.





lunes, 4 de agosto de 2014

Como el chile verde

Aquí os dejo los dos primeros capítulos de mi novela. 







Capítulo 1. Lo que tú digas

 

Sentada en la orilla del mar me venían recuerdos de tiempos pasados. No podía evitar sonreír al ver ciertas imágenes nítidas en mi cabeza. Me llamo Alicia Fernández, y quiero contarte la historia de mi vida.

 

Bruno siempre había sido mi gran compañero de fatigas. Junto a él viví muchas experiencias dignas de mención: viajes fugaces, su evolución, mi evolución y mis retrocesos. Subidas, bajadas, nervios, tristezas… en fin, esas cosas que compartes con las personas que quieres.

 

Una de las cosas que hacen los amigos es ser cómplices de ideas descabelladas: por ejemplo, ir a una discoteca solo para buscar a un hombre y, si no estaba en esa, ir a la siguiente, y a la siguiente, hasta dar con él. Eso era lo que hacíamos el uno por el otro. Y era increíble sentirme tan unida a él. Éramos jóvenes e inexpertos, pero en lo referente a la fidelidad emocional que nos vinculaba no había quien nos ganara desde el minuto uno en que se atrevió a ser mi amigo. Bruno era una energía limpia, como la primera mirada que una madre dedica a su bebé recién nacido.

 

La noche que la conocí fui obligada a salir de casa casi a rastras.

                            

—Te lo pido por la Virgencita de Guadalupe —decía mientras tiraba de mí de la cama, sin contar con mi colaboración.

—No tengo ganas de salir —refunfuñé, suplicando que me dejara en paz.

—Alicia. —Agarró mi mano con muchísima fuerza, como si creyera que cuanto más apretara más me convencería.

 

Me tapé con la manta tratando de esconderme de él, como cuando quieres protegerte de tu miedo con esa sábana invencible que todos creemos poseer cuando sentimos un ruido extraño en casa.

 

Insistió tirando de mí tantas veces que, al final, resoplando, me hizo incorporarme. No para aceptar acompañarlo, sino para librarme de él hasta el día siguiente. Seguía empeñado en que lo acompañara y, ante mis repetidas negativas, pasó al plan B. El plan B no era otro que la frase clave: «Ese chico es el hombre de mi vida». Cuando esa frase sonaba, en nuestras mentes se activaba la zona novela rosa. Esa zona que habíamos cultivado con las películas que pasaban por nuestras cabezas: El diario de Noah, Titanic, Pretty Woman, Crepúsculo, Los puentes de Madison. Nunca era como en esas películas, pero había que intentar vivirlo.

 

Bruno me pasaba la plancha una y otra vez, intentando poner en orden mi larga melena castaña. Ya no suplicaba: ahora irradiaba alegría y nerviosismo. Era su primera cita oficial con aquel chico que le gustaba tanto. El problema era que aquel chico iba con una amiga, y para eso mi gran amigo contaba con mi supuesta habilidad de distracción, que, por supuesto, era inexistente. Insistía en que debía ser simpática y agradable con aquella chica, hacerla sentir cómoda para que él pudiese centrarse en hablar y tontear con mayor tranquilidad.

 

Nunca tuve miedo en casa de decir que me gustaban las chicas. Mis padres eran de los que habían vivido lo mejor de los ochenta y noventa. Sabían pasárselo bien a pesar de haber tenido una hija muy joven.

 

Mis padres nacieron en el sesenta y siete: el año en que el bikini llegó a España, el mismo año en que Raphael nos representó en Eurovisión por segunda vez consecutiva, la liga la ganó el Real Madrid y la Copa del Generalísimo fue para el Valencia. Ese año murió asesinado en Bolivia el Che Guevara. Y, pese a que España estaba bajo el régimen franquista —que no era moco de pavo—, aquel año fue marcado por la llamada guerra de los Seis Días. Del 5 al 10 de junio el recién creado Estado de Israel se enfrentó a Jordania, Siria y Egipto. Una guerra con un resultado sorprendente: en menos de una semana Israel consiguió multiplicar sus territorios por tres. Ese fue el año en que mis padres llegaron al mundo, revolucionando todo con su desparpajo y su mente abierta.

 

A mi madre le habían enseñado que las mujeres debían ser señoritas que cuidasen de sus maridos y sus hogares; a mi padre, que debía ser trabajador, mantener la casa y a su mujer, y que no debía dejar jamás que ella tuviera el control del hogar.

 

Ellos aprendieron otras cosas. Aprendieron que bailar despierta la alegría, que en una casa donde viven dos personas ensucian dos personas, que una hija de dos años llora y papá también sabe y debe consolarla. Aprendieron que ser padre joven te cambia la vida, pero no la termina. Que en los ochenta había buena música y que se podía seguir bailando, aunque en el ochenta y cinco mi madre estuviese embarazada de mí. Fue un gran año para muchos: se lanzó Super Mario Bros, se descubrieron los restos del Titanic y salió a la venta la versión 1.0 de Microsoft Windows.

 

Pero lo mejor que aprendieron mis padres fue a trabajar en equipo: él sabía dónde encontrar muebles viejos que restaurar, y ella solo tenía que verlos una vez para saber cómo quería transformarlos. Y así empezó su aventura, poco a poco. Disfrutaban restaurando y vendiendo muebles, hasta que montaron su propia tienda, y les fue tan bien que años después abrieron otra, y luego otra. Nunca fueron codiciosos. No era el dinero lo que los movía a invertir en nuevas tiendas que al final tuvieron mucho éxito, sino el cariño que ponían en todo lo que hacían. Me daban envidia: era raro escucharlos discutir por algo relacionado con el trabajo. Depositaban su confianza en quienes trabajaban con ellos, y demostraban que algo hacían bien cuando casi todos permanecían a su lado después de tantos años. Yo siempre tuve claro que quería formar parte de esa familia que resucitaba muebles: quería ser “resucitadora de muebles”.

 

Nunca les pareció raro nada. Si un día llegaba con el pelo rosa, pues era rosa; si al otro me había rapado un lado y puesto un pendiente en la nariz, pues ya está. Lo único que les preocupaba era que, al igual que ellos, quisiera fumar porros.

 

En 2002 Bruno tiraba de mí con fuerza para ser la distracción de la amiga de su cita. Ese fue el mismo año en que comenzó todo para mí. Cambié pesetas por euros y novelas rosas por mariposas. Ese fue mi 2002. Tenía diecisiete años y, por supuesto, Bruno y yo íbamos a la moda, con nuestros pantalones cagados y nuestras zapatillas anchas.

 

La cosa no pintaba bien. Ellos sentían complicidad, de eso no cabía duda, pero yo no tenía ni idea de qué podía hablar con aquella chica morena, de pelo recogido con tanta fuerza que me hacía pensar si le dolería. Apenas mostraba interés en entablar una conversación, aunque fuese trivial; ni siquiera se había molestado en presentarse. Yo daba largos y angustiosos tragos a una cerveza que ya estaba caliente, pero no sabía qué otra cosa hacer. Estaba segura de que siempre podría irme a casa.

 

Por las miradas que mi amigo me dedicaba de vez en cuando, gesticulando con los ojos con brusquedad, sabía perfectamente lo que me decía: «Habla con ella», «Saca tema de conversación». Pero él sabía que no era mi fuerte comenzar nada, y eso incluía conversaciones con mujeres desconocidas que no mostraban interés alguno en una chica flacucha con el pelo largo y la raya en medio. Era raro e incómodo estar sentada a su lado en aquella mesa con luz tenue, que daba intimidad a quienes la necesitaban, aunque a mí me estuviese ahogando la situación. Un local casi vacío, con la música demasiado baja y las ganas de irme demasiado altas.

 

—Y bueno… —intenté decir, mientras ella seguía mirando a todas partes de la cafetería menos a mí—. ¿Cómo te llamas? —Musitó su nombre; no estaba segura de haberlo entendido bien.

 

Nani. Ese fue el nombre que me dio. Estaba segura de que sería un alias.

 

—Nani, ah —dije a toda prisa, convencida de haberlo entendido bien.

—Nania, no Nani —corrigió con bordería y desinterés.

—Pues mola más Nania —añadí—. Nani suena a nombre de niñera.

—Lo que tú digas. —Volvió a apartar la vista de inmediato—. Llámame como quieras, total, para lo que nos vamos a ver.

 

No sabía cómo continuar con aquella conversación tan poca conversación. Miraba a mi amigo, que estaba en la situación opuesta: él hablaba cariñosamente con aquel chico al otro lado de la mesa. Si entonces hubiese existido Facebook o WhatsApp me habría sumergido en ellos de cabeza, pero entonces no se podía huir de la incomodidad de esos momentos con nada, salvo con una cosa: conversación.

 

Me levanté para ir al baño y Bruno pareció captar que algo en mí estaba a punto de explotar. Se abalanzó sobre mí para abrazarme por la espalda y me pidió mil veces perdón. Se excusó por el comportamiento agrio y hostil de aquella chica, que ni siquiera se había molestado en saber quién era yo.

 

Lo único que quería era marcharme de allí. Para mí era un buen momento para refugiarme bajo la sábana antibalas que me esperaba en casa. Él no me detuvo. Supongo que se resignó a la imposibilidad de que entre aquella chica y yo surgiera algo más que indiferencia.

 

Ese día simplemente me largué de aquel lugar. Aquella chica y yo no terminaríamos la jornada siendo amigas.


 


 

Capítulo 2. Calabazas

 

Bruno y «aquel chico», que ya no era aquel chico sino Rubén, salían juntos desde aquel fatídico día. Yo agradecía no haber coincidido más con ella en ninguna parte. Pero, como todos los jóvenes en aquella época, nosotros hacíamos botellón antes de entrar a la discoteca. Ahora el mundo se movía por euros, y nuestros padres nos dejaban muy claro que las cosas habían cambiado. Para nosotros eso no era problema: seguíamos invirtiendo poco dinero dentro de los locales.

 

Caminábamos por la calle hacia el lugar de encuentro con Rubén y sus amigos. Eso incluía a Nania y su simpatía, aunque yo no pensara en eso mientras cargaba aquellas dos bolsas enormes con hielo y bebidas alcohólicas. Ese día me sentía especialmente guapa. Iba de estreno: con mi chupa de cuero, unos nuevos pantalones a la moda y aquellas zapatillas tan molonas que me habían regalado meses atrás mis padres. Me sentía genial también gracias a que mi amigo me había peinado y maquillado. No sé, aquella noche pintaba bien.

 

Llegamos al punto de encuentro con aquel grupo: todos desconocidos para mí, salvo esa chica, que en realidad también era una desconocida. Con todo mi orgullo me negué a saludar. En cambio, Rubén se acercó con simpatía. Era un año mayor que nosotros, y quizá eso le hacía sentir la responsabilidad de que todo y todos estuvieran bien.

 

No dudó en sacar rápidamente un vaso y llenarlo de aquel ansiado líquido que quitaba la vergüenza. Una de las tantas personas que había allí tocó mi pelo. «Qué bonito», decía con una gran sonrisa que me hizo sentir menos incómoda. Me ofreció un cigarro, que acepté, y nos sentamos juntas en uno de los bancos del lugar. Resultó ser otra gran amiga de Rubén, pero, a diferencia de aquella con la que tuve que lidiar en su primera cita, esta parecía más participativa y agradable, cosa que agradecí de corazón.

 

Aun así, y sin entender muy bien por qué, de vez en cuando buscaba con la mirada a aquella chica, que llevaba el pelo distinto aquel día. A diferencia de la primera vez que la vi, lo tenía suelto y luminoso, y unas gafas que le quedaban realmente bien. Me fijé en todo sin saber muy bien por qué: camiseta blanca ajustada que dejaba ver su vientre, vaqueros negros y unas zapatillas rojas como la sangre. Ya me había dado cuenta de que tenía algo especial que no lograba identificar, pero, aun así, me sentía totalmente atraída por ella. Era extraña, como si viviera en un mundo paralelo al de los demás que estaban allí. Todo el mundo decía que yo era muy delgada, pero, al mirarla a ella, me cuestionaba mi propia delgadez.

 

Ella era una chica de un metro cincuenta y siete, morena, de ojos marrones y grandes, labios pequeños pero bonitos, unos dientes perfectamente alineados gracias al aparato que los cuidaba. Tenía manos finas, dedos largos y uñas bien cuidadas, y un lunar en la parte superior del labio, uno de esos bonitos lunares que quedan bien. Su piel era blanca como la leche, y su cara, alargada y bonita. No era la más guapa del mundo, pero era ese tipo de rostros que hechizan por alguna razón extraña.

 

Y yo era de su misma altura, delgada como ella, pelo castaño y ojos color miel. Labios rosados ni grandes ni pequeños, como mis dientes. Tenía una nariz fina en la que, con el consentimiento de mis padres, me había puesto un pendiente unos meses atrás. Mis orejas me acomplejaban un poco; siempre trataba de taparlas llevando el pelo suelto porque las veía demasiado pequeñas para el resto de mi cara. No como las de ella, que parecían estar en armonía con su estructura ósea.

 

—Alicia. —Noemí, que así se llamaba la chica que estaba a mi lado en el banco ofreciéndome otro cigarro, parecía tener especial interés en mí—. ¿Y tú tienes novia?

 

No pude evitar soltar una risa nerviosa al intuir sus intenciones. Tampoco podía creer que alguien se interesara en mí; no tenía mucha seguridad entonces. Cuando veía a una chica imponente a mi lado tratando de saber si estaba disponible, sentía verdadero pavor. Noemí era realmente guapa, y estaba claro que era una rompecorazones que siempre se salía con lo suyo. Su pelo largo y moreno, unos ojos azules que parecían infinitos, una sonrisa con hoyuelos y un piercing en la mejilla que le quedaba de maravilla, a juego con un pequeño tatuaje en la muñeca. Era alta y vestía con ropa cañera, de mucha personalidad.

 

Era abierta y no le importaba contar cosas de sus estudios. Quería ser profesora de inglés, y estaba ya en el tercer año de Filología Inglesa. Tenía tres años más que nosotros. Había vivido mucho en Inglaterra, hablaba un inglés perfecto y derrochaba carisma. Estaba segura de que sería una buena profesora, de esas que te hacen prestar atención. Se notaba que no dejaría que sus clases fueran «una más».

 

Parecía tener claro que su habilidad lingüística le daba derecho a pasar al siguiente nivel: el contacto físico. Cogió mi mano con seguridad, sin un ápice de miedo. No me hizo sentir incómoda. Eso formaba parte de su personalidad; era de esas personas a las que les gusta mantener contacto físico a medida que toman confianza.

 

No sabía qué contestar a sus preguntas, cada vez más próxima a mí en aquel banco. Pero no dudó en levantarse para traer dos copas más. Su seguridad en que yo no me movería de allí era abrumadora. Bruno apareció para interrumpir en el momento justo en que ella había puesto su mano en mi muslo para acercarse aún más. Yo estaba confundida. ¿Quería o no quería que esa chica me besara? Una parte de mí sabía que no, que no me atraía formar parte de su colección de conquistas; la otra se decía: «Joder, es sábado noche, ¡disfruta!».

 

Bruno me levantó de golpe. No parecía pensar que interrumpía nada, solo quería que fuese a donde estaban ellos porque quería contar algo y que yo lo oyera. Nania me miró, y por primera vez en nuestra historia me regaló una sonrisa. Dudé si realmente era para mí; estuve a punto de girarme buscando al destinatario real.

 

—Ali —dijo mi amigo, visiblemente borracho—, ¿por qué no les cuentas esa cosa que haces con patata y carne que está buenísima? —A Bruno le encantaba comer y hablar de comida, así que no era raro que aprovechara cualquier oportunidad para hablar con ilusión de todo lo que le volvía loco.

 

No me importó explicarlo, y todos quisieron probarlo algún día. Nania me dedicó una mirada: no parecía tan enfadada con el mundo como aquel día, aunque tampoco se había molestado en hablarme lo más mínimo. No hasta que las dos coincidimos en que necesitábamos un hielo al mismo tiempo, chocando nuestras manos dentro de la bolsa.

 

—Perdona —dije rápidamente para evitar una bordería. Ella sonrió.

—No pasa nada. —Sacó dos hielos, uno para mi vaso y otro para el suyo—. A estas alturas de la noche lo raro es que no estemos rodando por el suelo como croquetas.

 

Me eché a reír al instante; lo que menos esperaba de ella era que tuviera sentido del humor.

 

No quise forzar las cosas y volví junto a Noemí, que se sintió victoriosa con mi regreso.

 

La noche parecía joven, aunque ya todo diese vueltas y todos bailáramos como locos cada canción que ponían en el local. Nadie quería perderse nada. Bruno se besaba con Rubén, Noemí no se despegaba de mí, Nania iba de un lado a otro: a veces hablaba con unos, otras permanecía callada y pensativa. Yo estaba demasiado pendiente de ella y demasiado poco de mi acompañante. Finalmente Noemí desistió y se fue a unos viejos brazos conocidos. No pensé ni por un segundo que se quedara a mi lado sin recibir nada a cambio, y sentí alivio al verla desaparecer.

 

Alguien golpeó suavemente mi mano con una cerveza. Levanté la cabeza lo justo para ver a Nania bebiendo de la suya. «Supongo que será una ofrenda de paz por lo de aquel día», pensé. Estaba claro que no me invitaría a una cerveza por otra razón que no fuese la culpabilidad. Se inclinó hacia mi oído.

 

—¿Has dado calabazas a Noemí? —quiso saber.

—No estoy segura de quién le dio calabazas a quién, la verdad —admití, bebiendo un gran sorbo de su invitación.

—Creo que, después de tres horas, si no has mostrado interés por la chica de oro, la chica de oro se larga —explicó.

—Puede que no quisiera ser una estadística de la chica de oro, como tú la llamas —confesé un poco avergonzada.

—Noemí no va a superar eso fácilmente. —Se quedó un instante en silencio, como si tratara de recordar algo que había olvidado—. Perdóname, de verdad, pero ¿cuál era tu nombre?

 

No me sorprendió que no lo recordara: nunca se había molestado en preguntármelo.

 

—Alicia —respondí a su oído para que no lo olvidara más—. Y tú eres Nania —dije en tono casi burlón, esperando una bordería.

—Nani —rectificó, esta vez con simpatía—. Aunque recuerdo por qué lo dices; no creas que tengo tan mala memoria —resaltó.

 

Todo parecía fluir. Ella estaba a veces, luego se iba, luego volvía, como había hecho toda la noche. Al principio no me importaba, y en esos ratos hablaba con los demás del grupo: Vanesa, una chica bajita y regordeta que no paraba de reír; Víctor, con su pelo rizado y cuidado, que ligaba con un chico muy alto; María y Sara, que según Bruno eran novias aunque ellas no lo sabían… Todos iban y venían, pero yo siempre quería que fuera ella quien volviera.

 

Por desgracia para mí, en una de esas veces que se marchó, ya no volvió más. Como supe después, ese era su modus operandi: desaparecer de los lugares sin decir adiós.





por si os interesa comprar la novela la tenéis en la casa del libro. 


aquí os dejo el enlace:












miércoles, 11 de diciembre de 2013

El muchacho y la luna

El muchacho y la luna

Hubo una vez una noche de frío intenso, con una luna llena maravillosa. La luna siempre estaba llena: no existían las lunas menguantes ni crecientes, solo la luna llena por excelencia. Aquel muchacho se quedaba en su terraza admirándola durante toda la noche. Estaba enamorado de ella; la veía como a la mujer más hermosa de la tierra. Aquella noche, tan voraz y helada, la miraba más que nunca: jugaba a no parpadear para no perderse nada de la grandeza que le provocaba la luna. Ese día le parecía más cercana que nunca, más próxima a su posición; casi creía poder tocarla y alzaba la mano con la esperanza de abrazarla.

—Eres la luna más preciosa que conozco —alcanzó a decir el muchacho.

Quedó paralizado al oír una voz que le respondía:

—Soy la única luna que conoces —sonrió, y lanzó un suspiro.

—Aunque conociese más lunas, serías la luna más bonita de la tierra.

—Pero no soy de la tierra. Soy un astro libre alimentado por la luz del sol. Él hace que sea bella; solo él podría serlo realmente.

—Yo quisiera que fueras mía —dijo el muchacho, bajando la mirada por primera vez en la noche para clavarla en el suelo.

—¿Cómo alguien tan pequeño puede querer tener algo tan grande como yo? —La luna sonó insolente, pero decía la verdad: su tamaño, al menos, era mucho mayor.

—¿Cómo sabes que soy pequeño? —preguntó el muchacho—. Es la primera vez que me hablas.

La luna quedó pensativa.

—¿Podrías amarme con esta distancia que nos separa?

—Sí —afirmó.

—Entonces no entiendo. Has dicho que cómo puedo saber que no eres pequeño si es la primera vez que hablamos; en cambio, tú me ves hermosa y grandiosa y también es tu primera conversación conmigo.

—Tal belleza no puede esconder maldad.

—Eso os pasa a los seres humanos: pensáis que lo bello no puede ser malo, y aquello que no os agrada lo rechazáis sin demora. Sois seres egoístas; solo aspiráis a ser bellos y a tener riquezas.

La luna jamás había hablado con un ser humano, pero al ver a aquel muchacho que la admiraba cada noche pensó en él como la persona indicada para conocer qué era el ser humano. Decepcionada, decidió no dejarse ver en su totalidad todas las noches: solo se mostraría plena cuando no estuviese triste por los actos de los hombres.

Ana DMoras






sábado, 4 de mayo de 2013

Ingeniosa manera





Ingeniosa manera de ver
que una luz procedente de la oscuridad
ilumina un despertar,
como vasos llenos de velas
y velas llenas de besos.

Perenne muerte que emerge
de un dolor apaciguado,
transformado en sueño eterno.

Atenuante manera de ver
la lucratividad de correr
tras un abrazo,
fuerza mayor metidita en un desván.

Decepción pasiva que llega
y se inclina
por dos palabras flojas,
destinadas a verse
como falsas e insaciables.

Túneles de Edad Media,
aguas estancadas
por los carruajes tirados
por mulas viejas y tristes.

Así, como ancianos nos haremos,
tirando de nuestras historias pasadas.
Arrugas de sabiduría
convertidas en ignorancia flácida.



sábado, 19 de enero de 2013

Dolor, amor


















                                             









Dolor, amor

Todo lo que tengo que esperar,
a un paso del final,
es solo poder llegar
a donde vi todo comenzar.

Y, siniestramente, me detengo
a mirar al frente,
pero caminando hacia atrás
una vez más.

Sin apostar por un cambio inesperado,
sin analizar las heridas
que van de mi mano.

Dolor, amor, dolor, amor,
















tu corazón.
Dolor, amor, dolor, amor,
mi corazón.

Roza el hilo de la vida
que atamos juntos.
Camufla el sentimiento
que regamos unidos.

Por un buen día,
por una buena noche,
sufrí una década,
inhalando los restos
del perfume de mis memorias.

Dolor, amor, dolor, amor,
tu corazón.
Dolor, amor, dolor, amor,
cosa de dos.

martes, 22 de mayo de 2012

Todo tiene principio y fin












Todo tiene principio y fin.
Sabes el día en que naces porque te lo recuerdan durante toda tu vida, año tras año.
Sabes que cumples un año más de tu camino en la tierra, y también sabes que llegará un día en el que se deje de celebrar tu vida para recordar tu muerte.

Sabes el día en que naciste, pero vives pensando cuál será el día de tu muerte… y esta llega cuando menos lo esperas: como una lluvia torrencial en pleno agosto, o como un rayo de sol cuando el cielo está negro.

Recuerdo nacimientos de bebés, la alegría de sus madres al sostenerlos en brazos, olvidando por completo el dolor de segundos antes y sustituyéndolo por una oleada de lágrimas que gritan: ha merecido la pena. Pero ese es solo el principio del daño. Nada acaba ahí. Ningún dolor termina en una sola cosa.

El día de mi muerte, yo sabía perfectamente cuál iba a ser. Todo cambia cuando estás tan seguro de que ese día está próximo. Todo cobra otro sentido, no más humano, ni más gentil, nada de eso. Es un pensamiento egoísta: piensas igual que antes, lo más importante eres tú mismo, como antes. Y la vida más importante eres tú, como antes.

Te preguntas: ¿por qué yo y no otro? Si nunca hice el mal, nunca robé ni herí al prójimo, siempre fui honesto y buena persona… y aun así, soy yo quien sabe cuándo va a morir.

Lo primero que hice, dos días después de enterarme, fue salir a la calle y observar a la gente en un parque. Niños que jugaban despreocupados con una pelota. Yo ya no podría jugar nunca más… jamás volvería a ser un niño. Unos adolescentes que se devoraban a besos. Yo también fui así: a escondidas de mis padres saltaba por la ventana para encontrarme con aquellas jovencitas que calmaban mi ansia de descubrir sensaciones nuevas. Entonces vi a esos ancianos que apenas podían mover las piernas… y no les tenía envidia.

Mi pensamiento era tan egoísta que podía dejar mi futuro en manos de la muerte, pero no mi pasado. Ese era mío: ya lo había vivido y no quería perderlo tan pronto.

Tal vez tenía que viajar y gastar mi dinero en cosas que pudiese disfrutar. Dejar la hipoteca de lado. ¿Qué más daba? Esa casa la disfrutarían otros. Qué necesidad tenía yo de seguir preocupado por esos gastos. Existían miles de lugares que me decía: “el año que viene ahorraré y me daré el capricho”. Pero ese año nunca llegaba.

Las ataduras de la vida cotidiana —trabajo, hogar, responsabilidades—, esas cadenas que nos atan en vida… Tal vez, al saber que no quedaba mucho tiempo, era el momento de romperlas y seguir una vida libre, por fin. Y ahí fue cuando, entre todo lo malo que venía, pude ver algo positivo: podía hacer lo que quisiera sin preocuparme de a quién molestara ni dar una sola explicación de mis actos.

—Señor, ¿está usted bien? —oí una voz gritándome. Sentí una mano golpear mi cara. Sabía que intentaba despertarme, y yo intentaba corresponder a sus súplicas. Abrí los ojos; supongo que ella se sintió aliviada de no verme morir ante sus ojos. Menudo trauma… Ese sería su pensamiento egoísta: si este tipo se muere, que no lo haga delante de mí.
—¿A dónde va, señor? Hemos llamado a la ambulancia, le trasladarán al hospital.
—No necesito una ambulancia. Necesito irme a casa, gracias.

Estaba rodeado de gente morbosa, que solo miraba para ver si había pasado algo grave. De todos, quizá solo una persona sentía verdadera preocupación.

Esa fue la primera vez que perdí el conocimiento, de muchas que vinieron después.

—Sabe que, si se sometiera a una quimioterapia, podría vivir unos meses más —dijo el doctor, mirando mis archivos.
—Oiga, tengo cuarenta años y una melena de envidiar. ¿Sabe usted que, cuando pasen los años, lo único que se verá en la tumba será el pelo? No, gracias. Adoro mi pelo y no quiero perderlo.
—Pero, señor, piénselo —insistió el doctor.
—No hay nada que pensar. Me conformo con cuatro meses buenos. No necesito meses de dolor extra.

Un viaje.
Al final me decidí por un viaje. Sin despedidas, sin hasta prontos. Nada. Un día me levanté y jamás volví. Fueron los días más felices de mi vida: estar con gente que no tenía nada y lo daba todo; ver la verdadera forma de vida, la humilde, la que ofrece lo que para uno lo es todo, aunque para nosotros resulte casi repulsivo.

Hoy me dirijo hacia la India. Allí pasaré la noche, observando sus costumbres, llevando solo una mochila a mis espaldas. Por fin vivo la vida, dándole besos a la muerte.

Mañana os contaré cómo me ha ido el día…