“Hay que amar, sí, y también saber que con el amor va la pérdida.” —Ana DMoras
miércoles, 6 de agosto de 2014
Lloverá certeza
lunes, 4 de agosto de 2014
Como el chile verde
Aquí os dejo los dos primeros capítulos de mi novela.
Capítulo 1. Lo que tú digas
Sentada en la orilla del mar me venían recuerdos de tiempos pasados. No podía evitar sonreír al ver ciertas imágenes nítidas en mi cabeza. Me llamo Alicia Fernández, y quiero contarte la historia de mi vida.
Bruno siempre había sido mi gran compañero de fatigas. Junto a él viví muchas experiencias dignas de mención: viajes fugaces, su evolución, mi evolución y mis retrocesos. Subidas, bajadas, nervios, tristezas… en fin, esas cosas que compartes con las personas que quieres.
Una de las cosas que hacen los amigos es ser cómplices de ideas descabelladas: por ejemplo, ir a una discoteca solo para buscar a un hombre y, si no estaba en esa, ir a la siguiente, y a la siguiente, hasta dar con él. Eso era lo que hacíamos el uno por el otro. Y era increíble sentirme tan unida a él. Éramos jóvenes e inexpertos, pero en lo referente a la fidelidad emocional que nos vinculaba no había quien nos ganara desde el minuto uno en que se atrevió a ser mi amigo. Bruno era una energía limpia, como la primera mirada que una madre dedica a su bebé recién nacido.
La noche que la conocí fui obligada a salir de casa casi a rastras.
—Te lo pido por la Virgencita de Guadalupe —decía mientras tiraba de mí de la cama, sin contar con mi colaboración.
—No tengo ganas de salir —refunfuñé, suplicando que me dejara en paz.
—Alicia. —Agarró mi mano con muchísima fuerza, como si creyera que cuanto más apretara más me convencería.
Me tapé con la manta tratando de esconderme de él, como cuando quieres protegerte de tu miedo con esa sábana invencible que todos creemos poseer cuando sentimos un ruido extraño en casa.
Insistió tirando de mí tantas veces que, al final, resoplando, me hizo incorporarme. No para aceptar acompañarlo, sino para librarme de él hasta el día siguiente. Seguía empeñado en que lo acompañara y, ante mis repetidas negativas, pasó al plan B. El plan B no era otro que la frase clave: «Ese chico es el hombre de mi vida». Cuando esa frase sonaba, en nuestras mentes se activaba la zona novela rosa. Esa zona que habíamos cultivado con las películas que pasaban por nuestras cabezas: El diario de Noah, Titanic, Pretty Woman, Crepúsculo, Los puentes de Madison. Nunca era como en esas películas, pero había que intentar vivirlo.
Bruno me pasaba la plancha una y otra vez, intentando poner en orden mi larga melena castaña. Ya no suplicaba: ahora irradiaba alegría y nerviosismo. Era su primera cita oficial con aquel chico que le gustaba tanto. El problema era que aquel chico iba con una amiga, y para eso mi gran amigo contaba con mi supuesta habilidad de distracción, que, por supuesto, era inexistente. Insistía en que debía ser simpática y agradable con aquella chica, hacerla sentir cómoda para que él pudiese centrarse en hablar y tontear con mayor tranquilidad.
Nunca tuve miedo en casa de decir que me gustaban las chicas. Mis padres eran de los que habían vivido lo mejor de los ochenta y noventa. Sabían pasárselo bien a pesar de haber tenido una hija muy joven.
Mis padres nacieron en el sesenta y siete: el año en que el bikini llegó a España, el mismo año en que Raphael nos representó en Eurovisión por segunda vez consecutiva, la liga la ganó el Real Madrid y la Copa del Generalísimo fue para el Valencia. Ese año murió asesinado en Bolivia el Che Guevara. Y, pese a que España estaba bajo el régimen franquista —que no era moco de pavo—, aquel año fue marcado por la llamada guerra de los Seis Días. Del 5 al 10 de junio el recién creado Estado de Israel se enfrentó a Jordania, Siria y Egipto. Una guerra con un resultado sorprendente: en menos de una semana Israel consiguió multiplicar sus territorios por tres. Ese fue el año en que mis padres llegaron al mundo, revolucionando todo con su desparpajo y su mente abierta.
A mi madre le habían enseñado que las mujeres debían ser señoritas que cuidasen de sus maridos y sus hogares; a mi padre, que debía ser trabajador, mantener la casa y a su mujer, y que no debía dejar jamás que ella tuviera el control del hogar.
Ellos aprendieron otras cosas. Aprendieron que bailar despierta la alegría, que en una casa donde viven dos personas ensucian dos personas, que una hija de dos años llora y papá también sabe y debe consolarla. Aprendieron que ser padre joven te cambia la vida, pero no la termina. Que en los ochenta había buena música y que se podía seguir bailando, aunque en el ochenta y cinco mi madre estuviese embarazada de mí. Fue un gran año para muchos: se lanzó Super Mario Bros, se descubrieron los restos del Titanic y salió a la venta la versión 1.0 de Microsoft Windows.
Pero lo mejor que aprendieron mis padres fue a trabajar en equipo: él sabía dónde encontrar muebles viejos que restaurar, y ella solo tenía que verlos una vez para saber cómo quería transformarlos. Y así empezó su aventura, poco a poco. Disfrutaban restaurando y vendiendo muebles, hasta que montaron su propia tienda, y les fue tan bien que años después abrieron otra, y luego otra. Nunca fueron codiciosos. No era el dinero lo que los movía a invertir en nuevas tiendas que al final tuvieron mucho éxito, sino el cariño que ponían en todo lo que hacían. Me daban envidia: era raro escucharlos discutir por algo relacionado con el trabajo. Depositaban su confianza en quienes trabajaban con ellos, y demostraban que algo hacían bien cuando casi todos permanecían a su lado después de tantos años. Yo siempre tuve claro que quería formar parte de esa familia que resucitaba muebles: quería ser “resucitadora de muebles”.
Nunca les pareció raro nada. Si un día llegaba con el pelo rosa, pues era rosa; si al otro me había rapado un lado y puesto un pendiente en la nariz, pues ya está. Lo único que les preocupaba era que, al igual que ellos, quisiera fumar porros.
En 2002 Bruno tiraba de mí con fuerza para ser la distracción de la amiga de su cita. Ese fue el mismo año en que comenzó todo para mí. Cambié pesetas por euros y novelas rosas por mariposas. Ese fue mi 2002. Tenía diecisiete años y, por supuesto, Bruno y yo íbamos a la moda, con nuestros pantalones cagados y nuestras zapatillas anchas.
La cosa no pintaba bien. Ellos sentían complicidad, de eso no cabía duda, pero yo no tenía ni idea de qué podía hablar con aquella chica morena, de pelo recogido con tanta fuerza que me hacía pensar si le dolería. Apenas mostraba interés en entablar una conversación, aunque fuese trivial; ni siquiera se había molestado en presentarse. Yo daba largos y angustiosos tragos a una cerveza que ya estaba caliente, pero no sabía qué otra cosa hacer. Estaba segura de que siempre podría irme a casa.
Por las miradas que mi amigo me dedicaba de vez en cuando, gesticulando con los ojos con brusquedad, sabía perfectamente lo que me decía: «Habla con ella», «Saca tema de conversación». Pero él sabía que no era mi fuerte comenzar nada, y eso incluía conversaciones con mujeres desconocidas que no mostraban interés alguno en una chica flacucha con el pelo largo y la raya en medio. Era raro e incómodo estar sentada a su lado en aquella mesa con luz tenue, que daba intimidad a quienes la necesitaban, aunque a mí me estuviese ahogando la situación. Un local casi vacío, con la música demasiado baja y las ganas de irme demasiado altas.
—Y bueno… —intenté decir, mientras ella seguía mirando a todas partes de la cafetería menos a mí—. ¿Cómo te llamas? —Musitó su nombre; no estaba segura de haberlo entendido bien.
Nani. Ese fue el nombre que me dio. Estaba segura de que sería un alias.
—Nani, ah —dije a toda prisa, convencida de haberlo entendido bien.
—Nania, no Nani —corrigió con bordería y desinterés.
—Pues mola más Nania —añadí—. Nani suena a nombre de niñera.
—Lo que tú digas. —Volvió a apartar la vista de inmediato—. Llámame como quieras, total, para lo que nos vamos a ver.
No sabía cómo continuar con aquella conversación tan poca conversación. Miraba a mi amigo, que estaba en la situación opuesta: él hablaba cariñosamente con aquel chico al otro lado de la mesa. Si entonces hubiese existido Facebook o WhatsApp me habría sumergido en ellos de cabeza, pero entonces no se podía huir de la incomodidad de esos momentos con nada, salvo con una cosa: conversación.
Me levanté para ir al baño y Bruno pareció captar que algo en mí estaba a punto de explotar. Se abalanzó sobre mí para abrazarme por la espalda y me pidió mil veces perdón. Se excusó por el comportamiento agrio y hostil de aquella chica, que ni siquiera se había molestado en saber quién era yo.
Lo único que quería era marcharme de allí. Para mí era un buen momento para refugiarme bajo la sábana antibalas que me esperaba en casa. Él no me detuvo. Supongo que se resignó a la imposibilidad de que entre aquella chica y yo surgiera algo más que indiferencia.
Ese día simplemente me largué de aquel lugar. Aquella chica y yo no terminaríamos la jornada siendo amigas.
Capítulo 2. Calabazas
Bruno y «aquel chico», que ya no era aquel chico sino Rubén, salían juntos desde aquel fatídico día. Yo agradecía no haber coincidido más con ella en ninguna parte. Pero, como todos los jóvenes en aquella época, nosotros hacíamos botellón antes de entrar a la discoteca. Ahora el mundo se movía por euros, y nuestros padres nos dejaban muy claro que las cosas habían cambiado. Para nosotros eso no era problema: seguíamos invirtiendo poco dinero dentro de los locales.
Caminábamos por la calle hacia el lugar de encuentro con Rubén y sus amigos. Eso incluía a Nania y su simpatía, aunque yo no pensara en eso mientras cargaba aquellas dos bolsas enormes con hielo y bebidas alcohólicas. Ese día me sentía especialmente guapa. Iba de estreno: con mi chupa de cuero, unos nuevos pantalones a la moda y aquellas zapatillas tan molonas que me habían regalado meses atrás mis padres. Me sentía genial también gracias a que mi amigo me había peinado y maquillado. No sé, aquella noche pintaba bien.
Llegamos al punto de encuentro con aquel grupo: todos desconocidos para mí, salvo esa chica, que en realidad también era una desconocida. Con todo mi orgullo me negué a saludar. En cambio, Rubén se acercó con simpatía. Era un año mayor que nosotros, y quizá eso le hacía sentir la responsabilidad de que todo y todos estuvieran bien.
No dudó en sacar rápidamente un vaso y llenarlo de aquel ansiado líquido que quitaba la vergüenza. Una de las tantas personas que había allí tocó mi pelo. «Qué bonito», decía con una gran sonrisa que me hizo sentir menos incómoda. Me ofreció un cigarro, que acepté, y nos sentamos juntas en uno de los bancos del lugar. Resultó ser otra gran amiga de Rubén, pero, a diferencia de aquella con la que tuve que lidiar en su primera cita, esta parecía más participativa y agradable, cosa que agradecí de corazón.
Aun así, y sin entender muy bien por qué, de vez en cuando buscaba con la mirada a aquella chica, que llevaba el pelo distinto aquel día. A diferencia de la primera vez que la vi, lo tenía suelto y luminoso, y unas gafas que le quedaban realmente bien. Me fijé en todo sin saber muy bien por qué: camiseta blanca ajustada que dejaba ver su vientre, vaqueros negros y unas zapatillas rojas como la sangre. Ya me había dado cuenta de que tenía algo especial que no lograba identificar, pero, aun así, me sentía totalmente atraída por ella. Era extraña, como si viviera en un mundo paralelo al de los demás que estaban allí. Todo el mundo decía que yo era muy delgada, pero, al mirarla a ella, me cuestionaba mi propia delgadez.
Ella era una chica de un metro cincuenta y siete, morena, de ojos marrones y grandes, labios pequeños pero bonitos, unos dientes perfectamente alineados gracias al aparato que los cuidaba. Tenía manos finas, dedos largos y uñas bien cuidadas, y un lunar en la parte superior del labio, uno de esos bonitos lunares que quedan bien. Su piel era blanca como la leche, y su cara, alargada y bonita. No era la más guapa del mundo, pero era ese tipo de rostros que hechizan por alguna razón extraña.
Y yo era de su misma altura, delgada como ella, pelo castaño y ojos color miel. Labios rosados ni grandes ni pequeños, como mis dientes. Tenía una nariz fina en la que, con el consentimiento de mis padres, me había puesto un pendiente unos meses atrás. Mis orejas me acomplejaban un poco; siempre trataba de taparlas llevando el pelo suelto porque las veía demasiado pequeñas para el resto de mi cara. No como las de ella, que parecían estar en armonía con su estructura ósea.
—Alicia. —Noemí, que así se llamaba la chica que estaba a mi lado en el banco ofreciéndome otro cigarro, parecía tener especial interés en mí—. ¿Y tú tienes novia?
No pude evitar soltar una risa nerviosa al intuir sus intenciones. Tampoco podía creer que alguien se interesara en mí; no tenía mucha seguridad entonces. Cuando veía a una chica imponente a mi lado tratando de saber si estaba disponible, sentía verdadero pavor. Noemí era realmente guapa, y estaba claro que era una rompecorazones que siempre se salía con lo suyo. Su pelo largo y moreno, unos ojos azules que parecían infinitos, una sonrisa con hoyuelos y un piercing en la mejilla que le quedaba de maravilla, a juego con un pequeño tatuaje en la muñeca. Era alta y vestía con ropa cañera, de mucha personalidad.
Era abierta y no le importaba contar cosas de sus estudios. Quería ser profesora de inglés, y estaba ya en el tercer año de Filología Inglesa. Tenía tres años más que nosotros. Había vivido mucho en Inglaterra, hablaba un inglés perfecto y derrochaba carisma. Estaba segura de que sería una buena profesora, de esas que te hacen prestar atención. Se notaba que no dejaría que sus clases fueran «una más».
Parecía tener claro que su habilidad lingüística le daba derecho a pasar al siguiente nivel: el contacto físico. Cogió mi mano con seguridad, sin un ápice de miedo. No me hizo sentir incómoda. Eso formaba parte de su personalidad; era de esas personas a las que les gusta mantener contacto físico a medida que toman confianza.
No sabía qué contestar a sus preguntas, cada vez más próxima a mí en aquel banco. Pero no dudó en levantarse para traer dos copas más. Su seguridad en que yo no me movería de allí era abrumadora. Bruno apareció para interrumpir en el momento justo en que ella había puesto su mano en mi muslo para acercarse aún más. Yo estaba confundida. ¿Quería o no quería que esa chica me besara? Una parte de mí sabía que no, que no me atraía formar parte de su colección de conquistas; la otra se decía: «Joder, es sábado noche, ¡disfruta!».
Bruno me levantó de golpe. No parecía pensar que interrumpía nada, solo quería que fuese a donde estaban ellos porque quería contar algo y que yo lo oyera. Nania me miró, y por primera vez en nuestra historia me regaló una sonrisa. Dudé si realmente era para mí; estuve a punto de girarme buscando al destinatario real.
—Ali —dijo mi amigo, visiblemente borracho—, ¿por qué no les cuentas esa cosa que haces con patata y carne que está buenísima? —A Bruno le encantaba comer y hablar de comida, así que no era raro que aprovechara cualquier oportunidad para hablar con ilusión de todo lo que le volvía loco.
No me importó explicarlo, y todos quisieron probarlo algún día. Nania me dedicó una mirada: no parecía tan enfadada con el mundo como aquel día, aunque tampoco se había molestado en hablarme lo más mínimo. No hasta que las dos coincidimos en que necesitábamos un hielo al mismo tiempo, chocando nuestras manos dentro de la bolsa.
—Perdona —dije rápidamente para evitar una bordería. Ella sonrió.
—No pasa nada. —Sacó dos hielos, uno para mi vaso y otro para el suyo—. A estas alturas de la noche lo raro es que no estemos rodando por el suelo como croquetas.
Me eché a reír al instante; lo que menos esperaba de ella era que tuviera sentido del humor.
No quise forzar las cosas y volví junto a Noemí, que se sintió victoriosa con mi regreso.
La noche parecía joven, aunque ya todo diese vueltas y todos bailáramos como locos cada canción que ponían en el local. Nadie quería perderse nada. Bruno se besaba con Rubén, Noemí no se despegaba de mí, Nania iba de un lado a otro: a veces hablaba con unos, otras permanecía callada y pensativa. Yo estaba demasiado pendiente de ella y demasiado poco de mi acompañante. Finalmente Noemí desistió y se fue a unos viejos brazos conocidos. No pensé ni por un segundo que se quedara a mi lado sin recibir nada a cambio, y sentí alivio al verla desaparecer.
Alguien golpeó suavemente mi mano con una cerveza. Levanté la cabeza lo justo para ver a Nania bebiendo de la suya. «Supongo que será una ofrenda de paz por lo de aquel día», pensé. Estaba claro que no me invitaría a una cerveza por otra razón que no fuese la culpabilidad. Se inclinó hacia mi oído.
—¿Has dado calabazas a Noemí? —quiso saber.
—No estoy segura de quién le dio calabazas a quién, la verdad —admití, bebiendo un gran sorbo de su invitación.
—Creo que, después de tres horas, si no has mostrado interés por la chica de oro, la chica de oro se larga —explicó.
—Puede que no quisiera ser una estadística de la chica de oro, como tú la llamas —confesé un poco avergonzada.
—Noemí no va a superar eso fácilmente. —Se quedó un instante en silencio, como si tratara de recordar algo que había olvidado—. Perdóname, de verdad, pero ¿cuál era tu nombre?
No me sorprendió que no lo recordara: nunca se había molestado en preguntármelo.
—Alicia —respondí a su oído para que no lo olvidara más—. Y tú eres Nania —dije en tono casi burlón, esperando una bordería.
—Nani —rectificó, esta vez con simpatía—. Aunque recuerdo por qué lo dices; no creas que tengo tan mala memoria —resaltó.
Todo parecía fluir. Ella estaba a veces, luego se iba, luego volvía, como había hecho toda la noche. Al principio no me importaba, y en esos ratos hablaba con los demás del grupo: Vanesa, una chica bajita y regordeta que no paraba de reír; Víctor, con su pelo rizado y cuidado, que ligaba con un chico muy alto; María y Sara, que según Bruno eran novias aunque ellas no lo sabían… Todos iban y venían, pero yo siempre quería que fuera ella quien volviera.

