El muchacho y la luna
Hubo una vez una noche de frío intenso, con una luna llena maravillosa. La luna siempre estaba llena: no existían las lunas menguantes ni crecientes, solo la luna llena por excelencia. Aquel muchacho se quedaba en su terraza admirándola durante toda la noche. Estaba enamorado de ella; la veía como a la mujer más hermosa de la tierra. Aquella noche, tan voraz y helada, la miraba más que nunca: jugaba a no parpadear para no perderse nada de la grandeza que le provocaba la luna. Ese día le parecía más cercana que nunca, más próxima a su posición; casi creía poder tocarla y alzaba la mano con la esperanza de abrazarla.
—Eres la luna más preciosa que conozco —alcanzó a decir el muchacho.
Quedó paralizado al oír una voz que le respondía:
—Soy la única luna que conoces —sonrió, y lanzó un suspiro.
—Aunque conociese más lunas, serías la luna más bonita de la tierra.
—Pero no soy de la tierra. Soy un astro libre alimentado por la luz del sol. Él hace que sea bella; solo él podría serlo realmente.
—Yo quisiera que fueras mía —dijo el muchacho, bajando la mirada por primera vez en la noche para clavarla en el suelo.
—¿Cómo alguien tan pequeño puede querer tener algo tan grande como yo? —La luna sonó insolente, pero decía la verdad: su tamaño, al menos, era mucho mayor.
—¿Cómo sabes que soy pequeño? —preguntó el muchacho—. Es la primera vez que me hablas.
La luna quedó pensativa.
—¿Podrías amarme con esta distancia que nos separa?
—Sí —afirmó.
—Entonces no entiendo. Has dicho que cómo puedo saber que no eres pequeño si es la primera vez que hablamos; en cambio, tú me ves hermosa y grandiosa y también es tu primera conversación conmigo.
—Tal belleza no puede esconder maldad.
—Eso os pasa a los seres humanos: pensáis que lo bello no puede ser malo, y aquello que no os agrada lo rechazáis sin demora. Sois seres egoístas; solo aspiráis a ser bellos y a tener riquezas.
La luna jamás había hablado con un ser humano, pero al ver a aquel muchacho que la admiraba cada noche pensó en él como la persona indicada para conocer qué era el ser humano. Decepcionada, decidió no dejarse ver en su totalidad todas las noches: solo se mostraría plena cuando no estuviese triste por los actos de los hombres.
Ana DMoras
