Vistas de página en total

miércoles, 11 de diciembre de 2013

El muchacho y la luna

El muchacho y la luna

Hubo una vez una noche de frío intenso, con una luna llena maravillosa. La luna siempre estaba llena: no existían las lunas menguantes ni crecientes, solo la luna llena por excelencia. Aquel muchacho se quedaba en su terraza admirándola durante toda la noche. Estaba enamorado de ella; la veía como a la mujer más hermosa de la tierra. Aquella noche, tan voraz y helada, la miraba más que nunca: jugaba a no parpadear para no perderse nada de la grandeza que le provocaba la luna. Ese día le parecía más cercana que nunca, más próxima a su posición; casi creía poder tocarla y alzaba la mano con la esperanza de abrazarla.

—Eres la luna más preciosa que conozco —alcanzó a decir el muchacho.

Quedó paralizado al oír una voz que le respondía:

—Soy la única luna que conoces —sonrió, y lanzó un suspiro.

—Aunque conociese más lunas, serías la luna más bonita de la tierra.

—Pero no soy de la tierra. Soy un astro libre alimentado por la luz del sol. Él hace que sea bella; solo él podría serlo realmente.

—Yo quisiera que fueras mía —dijo el muchacho, bajando la mirada por primera vez en la noche para clavarla en el suelo.

—¿Cómo alguien tan pequeño puede querer tener algo tan grande como yo? —La luna sonó insolente, pero decía la verdad: su tamaño, al menos, era mucho mayor.

—¿Cómo sabes que soy pequeño? —preguntó el muchacho—. Es la primera vez que me hablas.

La luna quedó pensativa.

—¿Podrías amarme con esta distancia que nos separa?

—Sí —afirmó.

—Entonces no entiendo. Has dicho que cómo puedo saber que no eres pequeño si es la primera vez que hablamos; en cambio, tú me ves hermosa y grandiosa y también es tu primera conversación conmigo.

—Tal belleza no puede esconder maldad.

—Eso os pasa a los seres humanos: pensáis que lo bello no puede ser malo, y aquello que no os agrada lo rechazáis sin demora. Sois seres egoístas; solo aspiráis a ser bellos y a tener riquezas.

La luna jamás había hablado con un ser humano, pero al ver a aquel muchacho que la admiraba cada noche pensó en él como la persona indicada para conocer qué era el ser humano. Decepcionada, decidió no dejarse ver en su totalidad todas las noches: solo se mostraría plena cuando no estuviese triste por los actos de los hombres.

Ana DMoras






sábado, 4 de mayo de 2013

Ingeniosa manera





Ingeniosa manera de ver
que una luz procedente de la oscuridad
ilumina un despertar,
como vasos llenos de velas
y velas llenas de besos.

Perenne muerte que emerge
de un dolor apaciguado,
transformado en sueño eterno.

Atenuante manera de ver
la lucratividad de correr
tras un abrazo,
fuerza mayor metidita en un desván.

Decepción pasiva que llega
y se inclina
por dos palabras flojas,
destinadas a verse
como falsas e insaciables.

Túneles de Edad Media,
aguas estancadas
por los carruajes tirados
por mulas viejas y tristes.

Así, como ancianos nos haremos,
tirando de nuestras historias pasadas.
Arrugas de sabiduría
convertidas en ignorancia flácida.



sábado, 19 de enero de 2013

Dolor, amor


















                                             









Dolor, amor

Todo lo que tengo que esperar,
a un paso del final,
es solo poder llegar
a donde vi todo comenzar.

Y, siniestramente, me detengo
a mirar al frente,
pero caminando hacia atrás
una vez más.

Sin apostar por un cambio inesperado,
sin analizar las heridas
que van de mi mano.

Dolor, amor, dolor, amor,
















tu corazón.
Dolor, amor, dolor, amor,
mi corazón.

Roza el hilo de la vida
que atamos juntos.
Camufla el sentimiento
que regamos unidos.

Por un buen día,
por una buena noche,
sufrí una década,
inhalando los restos
del perfume de mis memorias.

Dolor, amor, dolor, amor,
tu corazón.
Dolor, amor, dolor, amor,
cosa de dos.